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Amigos con hijos

El fin de semana lo pasé en casa, viendo Netflix en compañía de mi perro. Sí, leyeron bien, y es que además de ser lo que se ha dado en llamar un forever alone y de preferir la compañía de cualquier animal irracional a la de los supuestamente dotados de intelecto, resultó que uno de los amigos a quienes más frecuento y con quien tenía planes, canceló de última hora.

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Apenado, me explicó que a su hija le habían dejado una tarea un tanto peculiar en su clase de inglés. La enviaron a casa con una bolsa de materiales, en la que había trozos de tela, pequeñas madejas de estambre, botones, mecate, limpiapipas de colores e hilo para bordar. Con todo eso, mucha imaginación y la supervisión de los papás, tenía que confeccionar un títere y crearle una historia para contar en clase.

Mi amigo tiene un don para las manualidades, al que desafortunadamente no pudo dar rienda suelta. Cuenta que en la secundaria le hubiera gustado en los talleres de confección o decoración, pero si ahora nuestra sociedad es prejuiciosa, en nuestros tiempos de adolescentes lo era todavía más; un niño que se hubiese atrevido tan sólo a confesar un deseo así, se vería condenado a las burlas y el aislamiento, en el mejor de los casos.

Por suerte, al crecer, encontró una forma de canalizar su creatividad, en el ámbito del diseño gráfico. Y encontró también una encantadora esposa, quien acepta con beneplácito que él se encargue de los disfraces de Halloween, la decoración de navidad y todos los trabajos manuales que se les ocurra dejar en la escuela de los niños. Él bromea diciendo que, a pesar de esto, en casa sigue llevando los pantalones; “los llevo a la recámara y les subo el dobladillo, les arreglo la pretina o les refuerzo los botones”.

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El caso es que, gracias a su ingenio y habilidades, sacó boleto para ayudar a su niña con el dichoso títere. La empresa realmente estaba poniendo a prueba el talento de mi amigo, pues la pequeña se había empeñado en sacar a una de las princesas de Frozen, de aquella bolsa que, según el abnegado padre, parecía tener el contenido de lo que habían barrido en una mercería.

He de confesar que a estas alturas de la vida, las cancelaciones de planes me ponen maliciosamente feliz. No es que me moleste ver a mis amigos ni mucho menos; al contrario, nuestras reuniones me alegran y realmente los extraño. Pero ante la perspectiva sortear el tráfico, pasar varios minutos en busca de estacionamiento y resignarme al pago del parquímetro, o peor aún, del “viene, viene”, la opción de quedarme instalado en el sofá, en la tranquilidad de mi casa, me parece mucho más atractiva.

Entre las varias películas que vi, hubo una que me pareció muy cercana a mi actual situación. Se llama Friends with kids (“Amigos con hijos”) y, entre otras cosas, trata el tema de los cambios en las relaciones de amigos, cuando los biberones y los pañales comienzan a interponerse en el camino. Los amigos con hijos parecen formar una especie de club en el que no se admiten solteros empedernidos. Y no por mala voluntad; simplemente pasa que quienes no han experimentado en carne propia “el milagro de la vida”, no entienden la fascinación de los otros por las cosas más insignificantes que hacen sus retoños. Por su parte, los papás no comprenden que un ser humano, ya bien entrado en la adultez, pueda sentirse pleno sin la presencia de esas pequeñas criaturitas que corren a sus brazos y le dicen “papá”.

El desarrollo de la trama deja ver que los dos estilos de vida tienen sus complicaciones y que al final del día no queda más que apostar por el que nos lleve a ser mejores personas y a estar con quienes realmente queremos. No sé si llegará el día en que sienta el llamado de la paternidad y deba pasar los fines de semana haciendo tareas que ni son mías. Lo que sí sé es que por ahora, la paso muy a gusto con el perro.


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